Sunday, October 30, 2005 

Células


Leyendo lo del nacimiento de la sucesora, me tropiezo con el anuncio de una empresa que se dedica a congelar células madre extraídas del cordón umbilical.
Leo el enlace, que, a su vez, viene enlazado en los anuncios google de la edición digital de El País.

Copio y pego:

  • El trasplante con células madre de la SCU es hoy en día un tratamiento en más de 40 enfermedades graves (leucemias, linfomas, neuroblasmas, talasemia, etc)
  • Si no se han conservado las células madre del cordón umbilical es necesario encontrar donante compatible y esto puede ser tan difícil que un 40% de las personas que buscan no lo encuentran.
  • Pero la SCU también sirve para los familiares y de hecho, las posibilidades de éxito en trasplantes utilizando células de hermanos es del 63% frente a un 29% utilizando células de otras personas.
  • Además de los tratamientos que se realizan hoy en día con la SCU, existen más de 500 líneas de investigación que abren nuevas posibilidades.
  • Es una oportunidad única en la vida.

O sea, que esta cosa tan alucinante y beneficiosa se puede hacer.
¿Y por qué no se está haciendo para todos, o por lo menos facilitando que pueda hacerse también a las personas con menos recursos?
Porque, claro, la empresa ésta cobra: 1375 € .
Que no es que sea una cantidad astronómica si la comparamos, por ejemplo, con algunas gilipolleces de la cirugía plástica. Pero que resultará inalcanzable para muchísima gente en circunstancias de afrontar los gastos de un recién nacido. Por no hablar, por supuesto, de habitantes de países pobres donde, vamos, ni en sueños verán estos milagros de la ciencia en años.

Y es que seguro que el coste real del proceso es mucho más bajo que esa cantidad y que igual-digo yo- la Sanidad pública podría afrontarlo o, al menos, subvencionarlo en parte si, verbigracia, empezaran por dejar de pagar sueldos astronómicos a parásitos e inútiles, metidos a gestores por puro clientelismo político.

Porque, ¿acaso no resultaría también más barato, a la larga, que los tratamientos por esas enfermedades?

Es un suponer, vamos.

Seguramente no ocurrirá así. Las personas que, en el futuro, vayan a padecer alguna de esas cuarenta enfermedades graves y no encuentren donante de células madre, tendrán ocasión de experimentar, en carne propia, eso tan obvio que es la materialización pura y dura de la injusticia en nuestra vida cotidiana. Esa injusticia que a mí me parece la más jodida de todas porque, a poco que abundaran menos la desidia y la cara dura, no vendría a ser, ni mucho menos, utópica su solución.

Y sólo es un ejemplo que me ha saltado a los ojos, así de repente, de este tipo de sinrazones. Lo hay a cientos y se ven todos los días.

Sé que resulta algo intempestivo entre tanta dicha por el feliz alumbramiento, pero... Es lo que hay.


 

La familia, la propiedad privada y la piscina



Ayer en la piscina, la primera calle se hallaba poblada por varias señoras orondas y por un señor.

Dichas señoras orondas, cuyo número me resulta confuso porque iban y venían con sus retoños a la piscina de los niños, acompañaban a ese mismo señor y le reían las gracias, de lo cual saqué en conclusión que se trataba de un harén orondo.

Yo también soy algo oronda - aunque no tanto como las señoras en cuestión- pero no pertenezco a ningún harén, ya que dejaron de hacerme gracia hace mucho las ídem de los señores que viajan por este planeta acompañados de harén orondo. Que haberlos, haylos.

Yo a la piscina voy sola, igual que a la compra. No soporto agobios ni chácharas durante ceremonias tan íntimas y personales. No podría concentrarme. En la piscina todavía, porque el agobio duraría, en todo caso, la mitad del tiempo: el de cabeza pa fuera. El de cabeza pa dentro pertenece siempre a las cloradas profundidades.

Pero a la compra ni hablar.

Claro que me arriesgo a que me aplasten las manadas familiares, mortíferas con sus carritos y sus escándalos. Asi que no suelo ir en sábado; sólo que hay sábados en que la nevera clama al cielo y entonces no queda más remedio.
Sola con mis pensamientos, tengo ocasión de observar, a veces, lo bestias que pueden llegar a ser entre sí esos grupos humanos que supuestamente se quieren. Me parece que creen, tal vez influídos por la tele o por lo que les ha contado algún vecino, que aquello de ir todos juntos al hiper el fin de semana ha de ser, por narices, el colmo de la diversión y la integración social.
De verdad que hay que oírlos cuando discuten por ir primero a una sección o a otra. La mala hostia podría cortarse con un cuchillo.
Una mala hostia que no va a ninguna parte, que no es decir basta ni rebelarse. Una mala hostia que, me parece, consiste en culpar a los bípedos que comparten tu vida de tu frustración personal. Una mala hostia que, también a veces, se percibe mutua entre los dos miembros de la pareja asi como en proceso de aprendizaje por parte de los más pequeños.

Y todo porque ellos son personas normales, no raros de esos que van solos a la compra, que serán unos tiraos, seguro. Y, si son unos tiraos, pues por algo será, que nadie de fiar se sale de la manada así como así, por voluntad propia. Pues, coño, ¿qué hay mejor que ir al hiper en familia los fines de semana?.

En fin, que sí: que hacen bien en ir a la piscina, que eso relaja mucho.

Aunque ocupen una calle entera, los deportistas entrenando, las otras y servidora, que no es ni deportista profesional ni señora oronda de harén, sino todo lo contrario, tenga que andar atenta a conseguir y preservar su espacio, Que lo tengo, igual que las personas "normales".

Con acento, con mucho acento en las comillas.

Thursday, October 27, 2005 

El Mamotreto



Al igual que el gestito, mi armario es una herencia familiar.

Enorme y oscuro como un Sauron cualquiera, lleva unos treinta años ahí y juro que le oigo crujir cuando alguien menciona lo prohibido: su muy recomendable sustitución por otro ser más pequeño, más amable y más adecuado a mi forma de vida.

Es feo, muy feo. Pero eso a él le da lo mismo. Siempre ha impuesto su presencia, indiferente a las antipatías que despierta, con sus puertas que nunca cerraron bien y sus baldas y cajones absurdos, mal ajustados y llenos de trampas para los dedos.

Un par de años atrás, me decidí e intenté deshacerlo. Lo intenté de verdad, en un alarde de energía y entusiasmo que me asombró a mí misma. Desatornillé las puertas, desmonté la cajonera y quité las baldas. Estaba contentísima de haberme resuelto por fin a eliminarlo, después de tanto tiempo de soportar al mamotreto.

Pero cuando llegamos a la estructura, a las paredes, el suelo, el techo y la trasera del armario, se terminó el jolgorio. No tiene tornillos visibles que sujeten ese armazón. Fuerzas cósmicas innombrables mantienen eternamente unidas las tablas, para escarnio de cualquier listo que pretenda reducirlas a eso: a tablas.

Como suele suceder en estos casos, todo el mundo tuvo algo que decir pero nadie hizo nada. Mi tío Mariano, persona constructiva y ferretera, sugirió:

A) .-que por narices tiene que haber más tornillos, pero que estarán ocultos y tengo que buscarlos mejor.

B) .-que, de no haberlos, siempre queda el recurso a la motosierra.


Yo he mirado a menudo desde entonces, pero no he visto ningún tornillo más.
No tengo motosierra y dudo bastante que supiera usarla. Temo cortarme la cabeza -a mí esas cosas me pasan mucho-, con lo cual el mamotreto me sobreviviría, recaería sobre mi hija y eso sí que no, que la criatura no tiene ninguna culpa.
Expuestas estas circunstancias ante terceros, siempre hay alguien que dice:

- Un día de estos voy yo a tu casa con mi motosierra y ya verás, en cinco minutos, deshecho el mamotreto.

Pero luego nunca viene nadie con su motosierra. Se conoce que, a solas en su domicilio, se lo piensan mejor porque intuyen que se enfrentarían a un ser realmente peligroso y quita, quita...

Mi amiga MJ me sugirió lo más obvio: que me comprara otro y que los mismos señores que me lo trajeran a casa, se llevaran el antiguo. Pero el mamotreto no es tonto. De alguna manera ha conseguido penetrar en mis neuronas y, en el momento en que voy a comprar un armario nuevo, me disuade de cada modelo una vocecita sibilina desde lo más profundo de mi subconsciente.
-Es que es muy caro.
-Es que es muy feo.
-Es que no pega el color con la barra de las cortinas.

-Es que sólo tiene una balda y yo necesito tres.
-Es que ahora me tengo que ir a comprar cebollas, pero mañana vuelvo a la tienda de muebles y éste lo encargo fijo, pero fijo, vamos.

Y así van pasando los años y el mamotreto continúa dominando mi existencia entera. Él desordena mi ropa para que nunca encuentre nada que ponerme; engancha los hilos de los jerseys para que se rompan; esconde mis cosas cuando las necesito y luego las saca, para burlarse, cuando ya no las estoy buscando. Por supuesto, nunca hallé la manera de volver a ponerle las puertas que le desatornillé. Unas cortinas rojas que medio coloqué en su lugar, consiguen que mi cuarto se parezca inquietantemente a la habitación roja de Twin Peaks.

Fuego, camina conmigo...

Wednesday, October 26, 2005 

Ese oscuro ser de mi dormitorio


Mi amiga MJ es una experta en cocinar cosas sanas.
Ayer me preparé una receta suya: un sofrito de ajo, cebolla, pimentón picante y un chorrito de vinagre, sobre garbanzos cocidos con patata y judías verdes.
Estaba de miedo.
Luego quedamos por la tarde y merendamos tarta de manzana, pero la intención es lo que cuenta, hombre.
Estuvimos en el Ikea y esto trae a colación la terrible, asombrosa historia de mi armario.
Pero la historia de mi armario, ese oscuro ser, la contaré más tarde porque serían demasiadas emociones para un sólo despertar.

También ayer leí que el mes de septiembre ha sido el más cálido de los septiembres habidos desde que se miden las temperaturas (mil ochocientos y algo).
Nos vamos a enterar todos bien enterados de lo que es un cambio climático.
Qué idiotas son los eufemismos, por cierto: no es un cambio climático. Es una catástrofe climática y está ocurriendo ya.
Hay que pararla, aunque dudo muy mucho de que tengamos, como especie, la capacidad mental necesaria para discernir dónde y cuándo hay que decir basta.

De todas maneras, lo de mi armario resulta mucho más aterrador.

El de la foto es el que me gustó en Ikea. Pero, por favor, que ÉL no se entere de que planeo sustituirlo... Podría montar en cólera y no quiero pensar en las consecuencias...

Tuesday, October 25, 2005 

El Gestito

El otro día le estuve transmitiendo a mi hija uno de los tesoros de nuestra sapiencia familiar.
Se trata del gestito.
El gestito se lo vengo yo viendo hacer a mi padre desde que mi memoria alcanza. Seguramente él lo heredó de sus antepasados, aunque no creo que de su progenitor, mi abuelo.
Mi abuelo fue miliciano en su juventud y no hacía gestitos. Solía sentenciar que la pereza es la madre de todos los vicios (ergo, nadie quería ir a segar con él, evidentemente) y sólo se permitió gesticular un par de veces ya en su ancianidad, con alguna cosa de la tele.
Pero no nos desviemos con la Guerra Civil, como si fuéramos cineastas españoles.
El gestito es una de las armas más demoledoras de la comunicación no verbal. Tiene la virtud de poner en tela de juicio lo que te está diciendo tu interlocutor mediante una sabia mezcla de escepticismo, prepotencia y pitorreo. No sólo lo que está diciendo: él mismo como persona queda en el más angustioso entredicho y, para más inri, indefenso, puesto que tú no le has dicho nada pa que se ofenda, joder, hay que ver cómo está la gente de picajosa.
O eso, o te empieza a dar explicaciones para convencerte, lo cual que tú por dentro te descojonas.
¿Que somos unos atravesaos?: puede.
Pero estos son tesoros de la tradición familiar que en modo alguno debemos consentir que se pierdan.
A lo largo del día intentaré conseguir una foto del gestito, aunque no es fácil, no es fácil. Seguramente me costará algún soborno.

 

Lo de hablar de uno mismo...


...no es tan fácil. Mucho más lo es esconderse detrás de la ficción: aunque es cierto que algo suele dejarse traslucir en las palabras... ya, pero no.
Empezaré diciendo que el segurata de la oficina estudia para madero y se llama Blas.
Yo apenas puedo contener el deseo de preguntarle por Epi.
Esta mañana dedicaba yo un emocionado recuerdo a L., tía de mi padre, quien de niña lloraba porque la miraban los candiles. De mayor defendió con gran pasión la tesis de que la verdad a secas no se cuenta, que hay que adornarla con invenciones, ya que si no el auditorio se aburre. Y eso es lo último, señores, lo último.
Pero centrémonos en Blas.
¿Y qué más puedo contar de Blas?

¿He dicho ya que estudia para madero?
Se sienta en su mesita y se pasa la mañana colocando al personal de la cola (entiéndase como fila este último término).

-¡Favor, sores, me tuerzan la cola a la derecha!, ¡Favor, sores, me guarden la cola!, ¡Sora, la cola me la respete, oiga!

Entre personal y personal, estudia su tocho de Maderología. Mi hija no me cree cuando le digo que Blas habla como Torrente, aunque en más juvenil, pero es rigurosamente cierto.
En realidad, mi hija no me cree casi nunca.
Dice que deje los tripis de una vez, que ya tengo una edad.

Y luego sigo más tarde, que he de ir a la compra.

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