Navidad






Mi naturalista personal me explicó que esos agujeros de la cuarta foto, tan extrañamente practicados los unos junto a los otros en amistosa vecindad, son de zorro, culebra y conejo.
Supongo que la amistosa vecindad es sólo aparente y nos parece más probable que haya sucedido aquí alguna cruenta batalla que ya sólo podemos imaginar.
Fueron tres kilómetros de paseo en la mañana de Navidad, entre la Fuente Tejera y la Fuente María, mientras otras personas que yo me sé se recuperaban del jolgorio al calorcillo de las sábanas.
Ellas se lo perdieron.
Olivos, muchos olivos, de ésos que nunca nos cansaremos de mirar.
Encinas nuevas, mal que le pese a la sequía.
Un mochuelito parado tan tranquilo en mitad de un sembrado; no pudimos fotografiarlo, estaba demasiado lejos, pero era una monería.
Musgo estrellado, abunda y no es especie protegida, a diferencia del otro: la naturalista dixit.
Acebo, gran descubrimiento porque yo no tenía la menor idea de que en mi tierra se criara el acebo, joder, una cosa tan nórdica y tan fashion. Pero ahí estaba, creciendo en los pedregales, mariconadas las imprescindibles: foto de arriba.
Loba, la perra de no sé quién, que siempre se escapa y se nos apuntó a la excursión.
Siemprevivas escarchadas, glaciares de juguete en los arroyos y ese cielo invernal del campo madrileño, que se convierte indefectiblemente en protagonista, con su inmenso silencio.
Cualquier cosa es posible en esa atmósfera infinita.
Hace poco hablábamos de reinventar la Navidad. Sugiero reinventarla en la Naturaleza; sugiero reinventar gran parte de la vida en la Naturaleza y descifrarnos en la religión más antigua.
Sin necesidad de intérpretes.















