Santo Domingo de Soria





No hace falta mencionar lo pletórica que está la Biblia de escenas gore ni lo poco que se ha recatado el Arte a la hora de retratarlas en toda su crudeza.
Me acuerdo ahora de esa Judith de Caravaggio, semejante a una aprendiz de carnicería que está siendo instruída por su anciana maestra en el noble arte de cortar cabezas humanas. O del Cristo Muerto de Antonello da Messina, del que me impresionaron siempre las mejillas hundidas, auténticamente de muerto, sin concesión alguna a la poesía, y esa solitaria herida del costado que semeja una boca sangrienta.
No encontraremos en la maravillosa portada de Santo Domingo de Soria semejantes efectismos. Muy al contrario, las figuras y las escenas aquí son tan dulces como las pastas que preparan las monjas del convento de al lado.
A destacar, esa Matanza de los Inocentes que ocupa la segunda arquivolta. Podemos verla en la imagen de arriba, debajo de esos Reyes Magos tan majos y tan arropaditos en su cama; parece que las madres se hayan encontrado a los soldados yendo de paseo y les estén enseñando a sus rorros para que vean lo ricos que son. Lo más, lo más hay una que parece estar diciéndole al soldado "travieso, que eres un travieso", mientras él levanta la cabeza de la víctima para ver lo que hay debajo, (tercera imagen desde arriba).
Todo en esta portada respira una extraña ternura, como si el escultor estuviera de vuelta de apocalipsis varios y hubiera preferido jugar por jugar, puede que no sin cierto grado de amable cachondeo.
Véanse al respecto esas dos figuras de la imagen de más abajo, abrazadas, cual felices mascotas bien alimentadas, a la efigie del Buen Pastor...
Santo Domingo, originalmente Santo Tomé, fue un regalo del rey Alfonso VIII a la ciudad de Soria, que le ocultó y le protegió de sus enemigos durante su agitada infancia.
Y en fin, que tal vez sea mi imaginación desatada, pero yo diría que algo profundamente benévolo, y desde luego muy bello, se percibe allí.