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Sunday, September 17, 2006 

Agua y Granito








En ese maravilloso entorno, al pie del Macizo granítico de La Cabrera, se halla el Monasterio de San Antonio.

Se suele fechar en el Siglo XI, aunque se han encontrado (hay excavaciones actualmente) muchos restos de época visigoda. De hecho, dos capiteles de la iglesia son visigodos visigodísimos, me apuesto el cuello, y, según el grupo de arqueólogos que ha estado haciendo catas allí, dos de los arcos son mozárabes.
Es decir, como poco nos plantamos en el siglo VIII.

Precisamente con algunos de estos restos visigodos construyó el imbécil de Carlos Jiménez Díaz -el mismo de la Fundación Jiménez Díaz- su bonita piscina, cerca de la casa que se montó, con sus vaquitas y todo, al lado del monumento, allá por los años 40.

En fin, pensemos en otra cosa.

El Monasterio, como decía, es él mismo y también es su entorno. Al encontrarse abrigado bajo la pared rocosa de La Cabrera, disfruta de un microclima que permite frondosos árboles frutales y que consigue, por ejemplo, que en invierno haya muchos dias en que no hiela en estas alturas, mientras en el pueblo de abajo está cayendo una pelona de aquí te espero.

Estos factores de bonanza fueron aprovechados por los peregrinos desde la Edad Media más remota y ahora mismo los arqueólogos están descubriendo sistemas de canales y diversas construcciones agropecuarias de la época.

Durante un buen rato, lo único que he escuchado han sido sus manantiales y el sonido del viento serrano meneando las hojas de los árboles. Eso es la paz: el silencio, pero no el silencio absoluto, sino el de la Naturaleza, salpicado de murmullos.

Los manantiales llegan derechitos del corazón de la montaña. Sus aguas, según el guía, son diuréticas, ya que -yo no sabía esto- el granito no deja pasar sodio al filtrar el líquido elemento. En esto debe consistir lo de las aguas minerales bajas en sodio, en que procederán de terrenos graníticos.

El interior de la construcción no puede ser más austero y esto es precisamente lo mejor de ella. Hubo pinturas murales, ya desaparecidas, en el ábside. Según parece, ésta fue la única decoración.
Piedra, piedra y piedra, por todos lados y hacia donde mires. Y torrentes corriendo escondidos como tesoros secretos. Para mí, una gozada.

Como la acústica es excepcional, parece que van a organizar conciertos durante el verano. Habrá que ver ese recinto, no ya sólo el del interior, sino el del exterior, que es a su vez un interior natural cobijado por la montaña, vibrando con instrumentos bien afinados y con voces humanas.

Por supuesto, el entrañable Jiménez Díaz hizo unos arreglillos aquí y acullá de la iglesia para que quedara más mono todo, pero bueno... aún se puede pasear entre aquellas columnas de granito en grata charla con el franciscano que enseña el lugar y sentirse fuera de este siglo y hasta fuera de la propia rutina personal de uno.

Si hubiera que aplicar un epíteto a este lugar sería el de curativo, sin duda.
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La Cabrera, olvidaba decirlo, es una montaña y también un pueblo de Madrid situado en el Norte de la provincia, cerca ya de Somosierra, uno de los puertos que nos une con Castilla y León.

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