Mar de Fondo

Se sienta enfrente y habla de cosas insustanciales.
Bla, bla, bla... hasta que entro en coma y me evado mentalmente a los espacios siderales.
Es absurdo, caótico, irresponsable y bastante menos inteligente de lo que a él le parece.
Conserva en su discurso astucias viejas, más vistas que un anuncio de detergente de lavadora; todas ellas encaminadas a justificar su desfachatez intrínseca.
Es, cada día más, mi antípoda en todos los sentidos; la criatura (¿humana?) que más veces y con más virulencia ha hecho aparecer en escena a mi lado hostil.
A mi vena cruel, dice él.
Pero, después de catorce años de agitado diálogo*, me sigue sacando de quicio y poniendo como una moto.
Interprétese esto último en el sentido que se prefiera: cualquiera de ellos será el acertado.
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(*).- Una verdad sí me enseñó. Una sonora y altiva que escribiré con mayúsculas como un lema heráldico:
LADRAN, LUEGO CABALGAMOS.