¡PUAG!
Odio escribir aquí sobre cosas desagradables. Lo mío no son las lamentaciones en público, aunque sin duda esto se debe a prejuicios míos muy personales e intransferibles, porque motivos para lamentar haylos en mi vida cotidiana igual que en la de todo el mundo, supongo.
Esta mañana salía a correr tan tranquila y me he encontrado con un pirado.
Venía yo de una discusión con mi hija por el desorden (cómo no) crónico de su habitación y, como soy tan gili que al rato de dar cuatro voces, va y me ataca la culpa, el pirado me ha pillado con la guardia baja.
Bueno, no ha pasado nada grave, aclaro de antemano.
Salgo de mi casa, voy hacia el coche, estoy abriendo la puerta del mismo y se me planta delante el pavo, que venía andando por la acera.
Que si yo trabajo ahí (donde trabajo), en tal sitio.
Y va y me toca un brazo.
Iba yo en camiseta, como para correr, y me toca el brazo. Pero no un toquecito con la punta de los dedos, así como para llamar la atención. Va y me planta la mano en el brazo, con la palma abierta. Claro que he dado un respingo. Pero lo que me jode es que me ha dejado paralizada unos segundos, como una imbécil. Ahora pienso que tenía que haberle arreado una patada en los huevos, pero eso es ahora, aquí escribiendo. Esta mañana, lo único que se me ha ocurrido es quedarme quieta mirando.
Se le nota mucho que no está en sus cabales. Sí que me suena de verle por el barrio,claro, y en la Oficina dando la murga: es uno más de los enfermos mentales que andan sueltos y a medio tratar porque el sistema sanitario pasa mucho del tema. Hasta que un día ocurre algo grave, claro. Entonces tampoco pasa nada porque el responsable nunca es nadie.
Y el pirado me empieza a contar gilipolleces de los cajeros automáticos, de que tenga mucho cuidado con las cosas que pasan, de que él le ha hecho no sé qué a un funcionario de Hacienda por tratarle mal y de que en la oficina mía hay alguien que le está perjudicando... Y, en fin, una sarta de despropósitos y amenazas encubiertas. A mí me han sonado a amenazas, por lo menos.
Todo ello agarrando él la puerta abierta del coche. Yo, entre el coche y el pavo, intentando acabar la conversación cuanto antes para salir echando leches de allí.
Aparte de la sensación de asco por el sobo en el brazo -que no quiero recordarlo mucho porque vomito, fijo que vomito ahora mismo- llevo todo el día rebotada, primero conmigo misma porque tenía que haberme puesto a pegar voces sin querer saber más, aunque, claro, yo venía como con la pila descargada después de la discusión con mi hija. Y segundo... pues no tengo muy claro con qué ni con quién tengo que cabrearme, indignarme y volver a cabrearme.
Veamos, ¿es que acaso porque yo trabaje en un sitio público que está cercano a mi domicilio particular tengo que soportar esos abordajes por la calle?. ¿En qué artículo del Estatuto de la Función Pública viene esa obligación laboral?.
Todavía más inri: no es la primera vez que me pasa, aunque en las otras ocasiones no ha tenido la cosa este matiz siniestro. Y me pasa porque soy amable en el trato con el público. Tal cual, ni más ni menos. Si fuera una funcionaria borde que pasa de todo, no me vendrían con milongas en el vecindario ni se pasarían de confianzas.
Es así.
Muchas veces, en los últimos tiempos, temo. Yo nunca he sido miedosa, pero el mundo me está pareciendo cada día más torcido y más lleno de babosas con patas. Y los indefensos cada vez más indefensos, como si se hubiera roto hace tiempo algún límite invisible y anduviera suelto Belcebú, como en aquella canción de mis años mozos.
¿Se me habrá caído ya el velo hormonal de los ojos?. ¿O me estaré volviendo paranoica?.
Esta mañana salía a correr tan tranquila y me he encontrado con un pirado.
Venía yo de una discusión con mi hija por el desorden (cómo no) crónico de su habitación y, como soy tan gili que al rato de dar cuatro voces, va y me ataca la culpa, el pirado me ha pillado con la guardia baja.
Bueno, no ha pasado nada grave, aclaro de antemano.
Salgo de mi casa, voy hacia el coche, estoy abriendo la puerta del mismo y se me planta delante el pavo, que venía andando por la acera.
Que si yo trabajo ahí (donde trabajo), en tal sitio.
Y va y me toca un brazo.
Iba yo en camiseta, como para correr, y me toca el brazo. Pero no un toquecito con la punta de los dedos, así como para llamar la atención. Va y me planta la mano en el brazo, con la palma abierta. Claro que he dado un respingo. Pero lo que me jode es que me ha dejado paralizada unos segundos, como una imbécil. Ahora pienso que tenía que haberle arreado una patada en los huevos, pero eso es ahora, aquí escribiendo. Esta mañana, lo único que se me ha ocurrido es quedarme quieta mirando.
Se le nota mucho que no está en sus cabales. Sí que me suena de verle por el barrio,claro, y en la Oficina dando la murga: es uno más de los enfermos mentales que andan sueltos y a medio tratar porque el sistema sanitario pasa mucho del tema. Hasta que un día ocurre algo grave, claro. Entonces tampoco pasa nada porque el responsable nunca es nadie.
Y el pirado me empieza a contar gilipolleces de los cajeros automáticos, de que tenga mucho cuidado con las cosas que pasan, de que él le ha hecho no sé qué a un funcionario de Hacienda por tratarle mal y de que en la oficina mía hay alguien que le está perjudicando... Y, en fin, una sarta de despropósitos y amenazas encubiertas. A mí me han sonado a amenazas, por lo menos.
Todo ello agarrando él la puerta abierta del coche. Yo, entre el coche y el pavo, intentando acabar la conversación cuanto antes para salir echando leches de allí.
Aparte de la sensación de asco por el sobo en el brazo -que no quiero recordarlo mucho porque vomito, fijo que vomito ahora mismo- llevo todo el día rebotada, primero conmigo misma porque tenía que haberme puesto a pegar voces sin querer saber más, aunque, claro, yo venía como con la pila descargada después de la discusión con mi hija. Y segundo... pues no tengo muy claro con qué ni con quién tengo que cabrearme, indignarme y volver a cabrearme.
Veamos, ¿es que acaso porque yo trabaje en un sitio público que está cercano a mi domicilio particular tengo que soportar esos abordajes por la calle?. ¿En qué artículo del Estatuto de la Función Pública viene esa obligación laboral?.
Todavía más inri: no es la primera vez que me pasa, aunque en las otras ocasiones no ha tenido la cosa este matiz siniestro. Y me pasa porque soy amable en el trato con el público. Tal cual, ni más ni menos. Si fuera una funcionaria borde que pasa de todo, no me vendrían con milongas en el vecindario ni se pasarían de confianzas.
Es así.
Muchas veces, en los últimos tiempos, temo. Yo nunca he sido miedosa, pero el mundo me está pareciendo cada día más torcido y más lleno de babosas con patas. Y los indefensos cada vez más indefensos, como si se hubiera roto hace tiempo algún límite invisible y anduviera suelto Belcebú, como en aquella canción de mis años mozos.
¿Se me habrá caído ya el velo hormonal de los ojos?. ¿O me estaré volviendo paranoica?.