Todas las historias que empiezan tienen un encanto especial, sean de la índole que sean. Ahora empiezan algunas y pueden ser algo importante o no serlo: pueden ser sólo historias. Pero eso ya supone mucho porque, mientras tanto, andamos colocando las piezas que componen la vida. Un gran puzzle hecho de trocitos desiguales entre sí, desiguales en su forma y sus colores, semejantes a los mosaicos de Gaudí.
Los mosaicos de Gaudí son hermosos. Para mí son una de las cosas más hermosas en las que puedo pensar.
Creo que podría pasarme ratos muy largos mirándolos.
También creo que podríamos componer nuestro propio mosaico con diferentes piezas completamente dispares. Colocaríamos amores, amigos, trabajos y días, y ninguno de nuestros mosaicos sería igual al de otra persona. Algunos serían dramáticos, llenos de rojo pasión y negro ausencia; otros serían tenues, con colores pastel y suaves contornos. De todo un poco, tendrían la mayoría.
En fin, creo que podría sentarme en un banco al sol y mirar mosaicos durante largos, largos ratos.
Desde anoche, cuando volvía de mi pueblo, sé algo con -casi- seguridad: lo que quiero ser en esta vida es camarera de bar de carretera.
Igual que sé que adoro el blues y que aborrezco a Nirvana. Esto no tiene nada que ver; o sí, porque llevo un rato escuchando blues y mi decisión de dedicarme a la road-hostelería, por algún extraño motivo de sugestión musical, se fortalece por momentos.
Me gustan los camioneros. Sí, lo confieso sin vergüenza: me gustan mucho los camioneros.
¿Y por qué me gustan tanto los camioneros?
Pues no estoy segura, pero creo que es porque no se quedan así mucho rato que digamos.
No me gustan todos los camioneros, claro, sólamente los macizos o los que, en mi particular apreciación, a mí me resultan atractivos.
Recuerdo que una vez, durante una parada en un viaje por carretera hacia tierras luminosas y bañadas por el mar, ví a uno que tenía los ojos verdes. Un morenazo con perilla que quitaba el hipo. Un individuo fornido y peligroso, que tomaba café solo (en los dos sentidos: o sea, sin leche y sin compañía) y fumaba con gesto taciturno al fondo de la barra.
Y su camión, para colmo, era el más grande del aparcamiento.
Aquel fue el momento en el que conocí al hombre de mi vida, pero le dejé escapar porque me dio como cosa decirle algo. Por supuesto, de haber sido yo la camarera de aquel bar de carretera, me hubiera resultado mucho más fácil entablar conversación y entablar lo que menester hubiera sido, si de la mano de Dios hubiere de venir.
No es el único camionero que me ha impactado, como bien saben las vecinas de mi escalera, esas excelsas biógrafas, de modo que yo creo que es hora de descubrir al mundo mi lado más perverso, el cual debo asumir en seguida y ponerlo en práctica.
Asi pues, buscaré de inmediato un trabajo a tiempo parcial en cualquier bareto de autopista que no me pille muy lejos. Me rebautizaré con un nombre falso: Fanny está bien, porque puedo decir que me llamo Francisca, pero que prefiero que me llamen Fanny. Me teñiré más rubia todavía y me compraré unas medias de rejilla y un wonderbra, aunque no sé si existirán wonderbrás de mi talla.
Creo que voy a ser muy feliz, sí, ahora que por fin me he encontrado a mí misma.
Ya referiré puntualmente mis avances en esta nueva etapa de mi existencia, ya.
Y a lo mejor, hasta aprendo a preparar huevos fritos de una fucking vez. Mientras, aquí tenemos algunas imágenes de camioneros variados.
Sigo con el libro de Lucía Etxebarria, que me está impactando porque encuentro que expresa muy bien algunas cosas a las que yo daba vueltas, de una manera intuitiva, de un tiempo a esta parte.
"A estas alturas escandalizaría mucho más si yo declarara en la prensa que hace un año que no mantengo relaciones sexuales que si dijera que no llevo la cuenta de las historias que he tenido. En la sociedad en que vivimos, el sexo se ha convertido en el segundo opio del pueblo, después de la televisión, y la abstinencia sexual voluntaria sólo se entiende desde posturas extremas representadas por el fundamentalismo cristiano o las feministas radicales...
El acto sexual está terriblemente sobrevalorado amén de banalizado, y en esta orgía consumista en que nos hemos embarcado, parece que el cuerpo no fuera sino un objeto de consumo más, que debe tener una presentación y unos envoltorios impecables y mantener una carrocería sin abolladuras. A veces me da la impresión de que vamos camino del fast food del polvo...algo rápido, eficiente, consumible... Se nos ha enseñado a creer que el sexo es una necesidad y de esta manera se nos enseña de paso a explotar nuestros cuerpos y los ajenos para dar salida a todo tipo de frustraciones, con lo cual al final el sexo no sólo no relaja, sino que se convierte en una fuente adicional de tensión y ansiedad, sobre todo cuando se vende desprovisto de cualquier mínima asociación relacionada con la entrega, el respeto o el compromiso. Y entended que si hablo de respeto quiero decir ver al otro como una persona y no como un objeto,y por compromiso entiendo el no mentir al otro sobre lo que se espera de él y lo que se está dispuesto a dar. No estoy hablando de matrimonio ni de fidelidad por obligación, no tengo nada en contra de las parejas abiertas o de los asuntos de una sola noche siempre que los implicados sepan en lo que se meten y no se juegue con los sentimientos de nadie.
El sexo no es malo, al contrario, es maravilloso. El problema es que muchas veces no lo buscas pero te sale al encuentro mediante diversos medios (se refiere aquí al abuso que hace la publicidad de las imágenes sexuales para vender más) y a todas horas... pero se debe diferenciar entre el sexo y consumismo sexual, del mismo modo que diferenciamos entre explotación y trabajo. Hemos pasado de una represión que consideraba el sexo un acto sucio- y nos obligaba, si estábamos solteros, a mantener el celibato y la castidad o, si casados, a verlo exclusivamente como un medio de reproducción- a una represión de corte inverso que nos exige rendir como sementales y considerar el coito como producto, no como proceso afectivo...
Volvemos a lo de antes: tu cuerpo es tuyo. Tú eliges cómo y cuándo lo usas. Y, por supuesto, por qué"
"Ya no sufro por amor", Cp. titulado: Follar no es obligatorio. Img.- Fugit Amor, Auguste Rodin.
Parece que anda esto algo lelo:no se pueden poner comentarios, no actualiza bien, por lo menos a mí -igual es cosa mía, porque soy así de inútil y lo mismo he tocado algo que no debía-. Además, "misteriosamente" el teclado se ha mojado. El tabulador no funciona y el teclado en pantalla es un coñazo. Creo que se trata de una vendetta del Colegio de Médicos porque esos son capaces de cualquier cosa cuando se ataca a uno de sus secuaces. En cualquier caso, disculpen las molestias y se cierra hasta nueva resolución. Que está de moda eso.
Servidora ha ido hoy al médico (de lo privao, que servidora es funcionaria pata negra) porque servidora está resfriada y le duele el cuerpo humano.
Allí, en figura de doctora, he conocido a un ser de otro planeta que padecía incontinencia verbal.
De primeras, nada más entrar en la consulta, a bote pronto, que si qué zapatos más chulos llevo, que dónde me los he comprado, que si a ver cómo es la suela; que si ella se quiere comprar unas botas, que si todavía hay rebajas, ah, sí, las segundas rebajas, ji ji, que si enseguida porque luego ponen la moda de primavera y se acaban las rebajas; que si esta misma tarde encasqueta los niños a su madre -joer, pobre anciana si son como ella; o pobres niños si la abuelita es como mamá; o pobres todos si son de ese estilo familiar- y sale a comprarlas, las botas, pero ya, de hoy no pasa, porque ella no aguanta los tacones finos, es que se muere con tacones finos, y, a ver, en invierno el problemón se solventa con botas; pero en verano, textualmente, lo pasa fatal - y yo pensaba, pues ponte unas albarcas, asquerosa, y calla esa bocaza ya-.
Que si le ha parecido notar que yo cojeaba (¿?¿?¿?¿?¿?), con lo que se ha empeñado en mirarme la espalda y yo no iba por la espalda, que yo tengo la espalda divinamente, tía absurda, sino por un catarro de ná, pero ella, ¡hala!, a lo suyo... Que si ahora hay muchos virus por el aire y que, claro, cuanto más virus peor porque, oye, cuantos más peor, ¿no?, pues eso, si es que es de lógica, muchos, muchos virus, malísimos todos, ji ji.
Y bla bla bla bla rebla requetebla.
A duras penas he podido colar por algún resquicio, con mi vocecilla ronca, que hola buenas, mire que me duele la garganta y el cuerpo y eso.
¡Un mareoooo!
Y al final para, en un alarde de originalidad y de sapiencia galena, recetarme algidol. Pa colmo, va y me dice cuando salgo: "¡Cuídate!". ¿Como que me cuide?, ¿que me cuide YO? ¿y a ti para que te pagan, so mastuerza?.
Tal vez no es fácil creerme (porque yo sé, que sí, que lo sé, que a veces en internet parezco un cruce entre Doña Rogelia y el ama de llaves de Rebeca), pero, se crea o no, yo, en el mundo, y lo que es lejos del entrañable ambiente familiar y eso, soy el colmo de la cortesía, amabilidad y savoir faire.
Estoicamente, por tanto, he aguantado el bombardeo.
Ahora, que yo en cuanto me cure, voy otra vez a la consulta y la meto dos bofetones que la dejo muda.