Sola en Casa

Alicia se marchó ayer, de viaje de fin de la ESO.
La echo de menos y la incordio en el móvil, pero la verdad es que me encuentro de lo más a gusto. No así la gata, que está rara: me sigue a todas partes y no me pierde de vista, como si temiera que yo también fuese a desaparecer. O a lo mejor está precisamente deseando que yo desaparezca para tomar posesión de los lugares que no puede invadir porque no la dejo, como mi cama.
Por lo demás, como pescado a placer, cosa que no hago casi nunca cuando está Alicia, ya que pone morritos de ascos y, claro, no voy a preparar dos comidas.
Escucho la música que me apetece, que no ha de ser forzosamente Nirvana (que sus fans me perdonen, pero...aggg...!!!).
O pongo el silencio. Como ahora mismo, en este preciso instante.
Me miro en el espejo del pasillo y me interrogo: "Pero, ¿no te da vergüenza ser una madre tan desnaturalizada?".
Y no, no me da vergüenza.
Tampoco entiendo yo a esa gente que dice no soportar la soledad. Lo cierto es que algunas de las más grandes gilipolleces que yo he visto hacer se han debido a la angustia que sienten las personas cuando se ven solitas y tal.
Yo no. Yo haré gilipolleces, pero serán otras, porque cada día soy más rarita, más misántropa, más antisocial y me encuentro más en la gloria sola en casa. No sé, igual es porque sé que ella va a volver el domingo. Lo mismo el día que se vaya de casa para vivir su vida y eso, me pega un bajón de aquí te espero. Pero yo juraría que no. Porque además, a la edad que se van ahora del domicilio paterno, seguro que ya ando yo por entonces de excursiones del Imserso.
Que no me falta tanto: dieciocho o veinte añitos de nada.
Y, a poco que me conserve yo medianamente güena, me pienso pasar la jubilación de puerto en puerto y de isla en isla.
Con algún sireno incluído, naturalmente.
(Y con mi portátil debajo del brazo)







