Wednesday, May 31, 2006 

Versacrum


En la Península Itálica, antes de que Roma se enseñoreara de la bota y del mundo, existió un pueblo llamado los samnitas.

Los samnitas eran muy belicosos y, cada cierto número de años, celebraban la ceremonia de la Versacrum, la Primavera Sagrada,que consistía más o menos en soltar a un toro blanco para que recorriera la tierra libremente. El lugar donde el animal se detuviera, había de ser conquistado a cualquier precio. Como es lógico, los habitantes del sitio no se dejaban conquistar así como así, de modo que los samnitas pasaron su historia de guerra en guerra. Y esta fue la forma de vivir que los samnitas consideraron natural y correcta, hasta que se tropezaron con un pez mucho más grande que ellos, claro, y aún así tuvieron su momento de gloria cuando hicieron pasar al mismísimo ejército romano bajo las Horcas Caudinas.

Todo lo que nace y crece, destruye algo a su vez. Todo ser que se expande roba espacio a los seres vecinos. Toda criatura que respira, está arrebatando aire al resto de las criaturas que respiran.

La Naturaleza es extremadamente cruel, aunque decir esto en verdad no signifique gran cosa, puesto que la crueldad es un atributo humano, quizá un invento humano, una etiqueta que las personas colocamos a algunos hechos que simplemente suceden por ahí.

Recuerdo haber tenido, de muy joven, un bajísimo nivel de tolerancia al rechazo de los demás. Recuerdo haber callado o dicho cosas bajo la presión del temor a ese rechazo. O bajo la presión de exigencias realmente excesivas por parte de las personas que me rodeaban.

Porque las personas exigen. O exigimos, bien es verdad que unas menos que otras. Exigimos atención, exigimos que nos dejen en paz, exigimos que nos respeten, que nos entiendan, que no nos dejen solos, que nos quieran, que nos obedezcan, que nos perdonen, que nos dén la razón como si en ello nos fuera la vida.

Pobrecito del que hace demasiado caso de las exigencias ajenas y demasiado poco caso de las necesidades propias. Incluso de los deseos propios, incluso de los caprichos propios.
Y pobrecitos, a la larga, de los que le rodean. Porque siempre, de una manera o de otra, les hará sentir su ira. Una ira enquistada, un virus de ira implantado en las vísceras, una especie de triquinosis de cólera.

Las exigencias, no lo olvidemos, ocupan un espacio, requieren un esfuerzo y consumen unos recursos destinados a saciarlas. Sólo hay una tierra para samnitas, latinos, etruscos y umbros, únicamente una tierra donde poner los pies y nada más. Donde se planta un pie, sólamente puede haber ese pie; nunca dos pisadas ocuparon a la vez la misma huella.
Sólo en el País de Utopía la tierra hubiera sido amorosamente compartida por todos.

Y claro, esta dureza del quítate tú que me pongo yo tiene sus excepciones, y hay situaciones en que se suaviza, se pacta, se convive. Pero eso es después, cuando todo el mundo ha tenido ya su tiempo de reflexión y la han palmado dos o tres mil guerreros, una minucia.
Lo primero es el testarazo.
Después, si acaso, la componenda.
Parece ser que es así como suelen funcionar muchos mecanismos del mundo y, en fin, que ya lo vamos aprendiendo.

Lo del temor al rechazo ajeno, en mi caso, ya quedó muy atrás. Me faltaba aprender el aquí estoy yo y si no te gusta, te jodes. Y no sólo te jodes, es que, cuanto menos te guste, más voy a decir aquí estoy yo. Aunque me dés mucho miedo y le robes horas preciosas a mi tranquilidad, esto es lo que hay: aquí estoy yo, ocupando mi espacio, respirando mi parcela de aire aunque eso signifique que tú tienes menos aire para ti.
Te jodes y te jodes.
Si tú eres un dictadorcillo burócrata de mierda, yo soy el toro blanco de los samnitas y me planto donde me tengo que plantar.

Un suponer.

Cosas del trabajo con las que no aburriré al personal ahora. Pero a mí lo de los samnitas me resulta ilustrativo, porque mi trabajo, igual que otros lugares, como las calles de Madrid por ejemplo, se parece muchas veces más a un rifirrafe de tribus salvajes que a otra cosa.

Lo malo es la energía que se desparrama en esas peleas, el tiempo de esfuerzo adicional que significan, el cansancio que generan. Pero, ¿callarse como un bobo y dejarse arrebatar el aire?. No creo. Eso nunca. Si hay que perder el aire, que sea porque te come una bestia realmente más grande que tú mismo. Para que te coma una cucaracha no te quedas quieto esperando, digo yo.

En fin, así haremos, pero esto de la Versacrum esa es muy cansado. Y todavía queda lo suyo para las vacaciones. Y yo con alergia, hemorragias (que no hemorroides) nasales, costumbres trasnochadoras hasta ahora inéditas en mí y otras muchas cosas que hoy no contaré porque me va entrando el sueño.

Monday, May 08, 2006 

Pasos

Bien, pues me es totalmente imposible abrir el PDF que contiene la clasificación de la Carrera de la Mujer, celebrada en Madrid el pasado domingo. Quería yo saber mi tiempo, por afición y obsesión que tiene una por los datos, pero voy a tener que esperar a ver la lista publicada en la prensa.
Calculo que andará alrededor de cincuenta minutos, a los que hay que restar entre tres y cinco, que fueron los que transcurrieron entre el pistoletazo de salida y la salida real, debido al gentío.
Pero esto, en mi caso, sólamente son datos.
Me quedo con el orgullo y la chulería totales de afirmar que, hasta Noviembre del pasado año, ésta que suscribe,aunque practicaba ejercicio con asiduidad, rara vez había corrido más allá de cinco minutos seguidos en la cinta de un gimnasio.
Ahora corro treinta seguidos, luego ando de un par de minutos y luego otros diez o quince. Total, unos cuarenta y cinco, en recorridos de cinco kilómetros.
No me voy a cortar un pelo y lo voy a afirmar: a mi edad y con mis condiciones físicas, esto es una proeza. Tal cual.
Durante estos meses he descubierto zonas de mí misma que ignoraba. Zonas de esfuerzo, de dolor y de disfrute. Un dolor y un disfrute absolutamente íntimos y personales, como el sonido de los pasos en la catedral que mencionaba en el post anterior.
Y lo mejor viene cuando te haces consciente de que otras personas queridas y cercanas experimentan también esas sensaciones y muchas más, cada una dentro de su cuerpo, dentro de sus peculiaridades, desde la que ha corrido un maratón de 42 kilómetros hasta yo misma con mis humildes 5.
Ahí fuera está la vida cotidiana, con sus tragicomedias. Aquí dentro hay una corredora aprendiz, quien goza de la enorme suerte de compartir horas de su existencia con otras corredoras que son auténticas maestras en voluntad, fortaleza y entusiasmo.
El momento en que me encontré con Ana, Maria Jesús y Pilar al otro lado de la meta, volverá a mi recuerdo aún muchas veces y me envolverá en una sensación de calor grato, como un abrazo.

Y además lo bien que lo pasamos, coño. :-)


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