Versacrum

En la Península Itálica, antes de que Roma se enseñoreara de la bota y del mundo, existió un pueblo llamado los samnitas.
Los samnitas eran muy belicosos y, cada cierto número de años, celebraban la ceremonia de la Versacrum, la Primavera Sagrada,que consistía más o menos en soltar a un toro blanco para que recorriera la tierra libremente. El lugar donde el animal se detuviera, había de ser conquistado a cualquier precio. Como es lógico, los habitantes del sitio no se dejaban conquistar así como así, de modo que los samnitas pasaron su historia de guerra en guerra. Y esta fue la forma de vivir que los samnitas consideraron natural y correcta, hasta que se tropezaron con un pez mucho más grande que ellos, claro, y aún así tuvieron su momento de gloria cuando hicieron pasar al mismísimo ejército romano bajo las Horcas Caudinas.
Todo lo que nace y crece, destruye algo a su vez. Todo ser que se expande roba espacio a los seres vecinos. Toda criatura que respira, está arrebatando aire al resto de las criaturas que respiran.
La Naturaleza es extremadamente cruel, aunque decir esto en verdad no signifique gran cosa, puesto que la crueldad es un atributo humano, quizá un invento humano, una etiqueta que las personas colocamos a algunos hechos que simplemente suceden por ahí.
Recuerdo haber tenido, de muy joven, un bajísimo nivel de tolerancia al rechazo de los demás. Recuerdo haber callado o dicho cosas bajo la presión del temor a ese rechazo. O bajo la presión de exigencias realmente excesivas por parte de las personas que me rodeaban.
Porque las personas exigen. O exigimos, bien es verdad que unas menos que otras. Exigimos atención, exigimos que nos dejen en paz, exigimos que nos respeten, que nos entiendan, que no nos dejen solos, que nos quieran, que nos obedezcan, que nos perdonen, que nos dén la razón como si en ello nos fuera la vida.
Pobrecito del que hace demasiado caso de las exigencias ajenas y demasiado poco caso de las necesidades propias. Incluso de los deseos propios, incluso de los caprichos propios.
Y pobrecitos, a la larga, de los que le rodean. Porque siempre, de una manera o de otra, les hará sentir su ira. Una ira enquistada, un virus de ira implantado en las vísceras, una especie de triquinosis de cólera.
Las exigencias, no lo olvidemos, ocupan un espacio, requieren un esfuerzo y consumen unos recursos destinados a saciarlas. Sólo hay una tierra para samnitas, latinos, etruscos y umbros, únicamente una tierra donde poner los pies y nada más. Donde se planta un pie, sólamente puede haber ese pie; nunca dos pisadas ocuparon a la vez la misma huella.
Sólo en el País de Utopía la tierra hubiera sido amorosamente compartida por todos.
Y claro, esta dureza del quítate tú que me pongo yo tiene sus excepciones, y hay situaciones en que se suaviza, se pacta, se convive. Pero eso es después, cuando todo el mundo ha tenido ya su tiempo de reflexión y la han palmado dos o tres mil guerreros, una minucia.
Lo primero es el testarazo.
Después, si acaso, la componenda.
Parece ser que es así como suelen funcionar muchos mecanismos del mundo y, en fin, que ya lo vamos aprendiendo.
Lo del temor al rechazo ajeno, en mi caso, ya quedó muy atrás. Me faltaba aprender el aquí estoy yo y si no te gusta, te jodes. Y no sólo te jodes, es que, cuanto menos te guste, más voy a decir aquí estoy yo. Aunque me dés mucho miedo y le robes horas preciosas a mi tranquilidad, esto es lo que hay: aquí estoy yo, ocupando mi espacio, respirando mi parcela de aire aunque eso signifique que tú tienes menos aire para ti.
Te jodes y te jodes.
Si tú eres un dictadorcillo burócrata de mierda, yo soy el toro blanco de los samnitas y me planto donde me tengo que plantar.
Un suponer.
Cosas del trabajo con las que no aburriré al personal ahora. Pero a mí lo de los samnitas me resulta ilustrativo, porque mi trabajo, igual que otros lugares, como las calles de Madrid por ejemplo, se parece muchas veces más a un rifirrafe de tribus salvajes que a otra cosa.
Lo malo es la energía que se desparrama en esas peleas, el tiempo de esfuerzo adicional que significan, el cansancio que generan. Pero, ¿callarse como un bobo y dejarse arrebatar el aire?. No creo. Eso nunca. Si hay que perder el aire, que sea porque te come una bestia realmente más grande que tú mismo. Para que te coma una cucaracha no te quedas quieto esperando, digo yo.
En fin, así haremos, pero esto de la Versacrum esa es muy cansado. Y todavía queda lo suyo para las vacaciones. Y yo con alergia, hemorragias (que no hemorroides) nasales, costumbres trasnochadoras hasta ahora inéditas en mí y otras muchas cosas que hoy no contaré porque me va entrando el sueño.