Tejer

Cuando alguien, por una u otra razón, me produce gusto-gustazo con sabor a miel sobre hojuelas, suelo desenrollarme (casi) igual que la alfombra en cuyo interior se paseaba Cleopatra Taylor por Alejandría de Hollywood.
Parece que me estoy viendo: salgo de ahí dentro para, a continuación, soltar un discursito shakespeariano, parada muy tiesa sobre las puntas de los pies.
Al finalizar el discursito, recojo mis bártulos y me vuelvo por donde he venido, aunque no sin preguntarme siempre por qué me voy: por qué me estoy marchando otra vez.
He pensado que, algún día de estos, podría darse el caso de que probara a extender la alfombra frente al fuego, a sentarme un rato y a quedarme quieta descansando.
Y resulta curioso que piense ahora en alfombras. Cuando yo era muy pequeña, en aquella enorme casa de piedra cuyas fotos puse hace tiempo en Sinforosa, una de las incesantes ocupaciones de mi sefardítica ("la pereza es la madre de todos los vicios") familia era tejer alfombras.
Magníficas alfombras realizadas en telares artesanos.
Yo he visto miles, cientos de miles de veces ese movimiento de dibujar con cuerdas un objeto nuevo, algo que sigue siendo las cuerdas primigenias pero que ya no es las cuerdas, sino que se llama, se mira y se usa de otra manera.
Para plantar un campamento hay que tejer una alfombra y para tejer una alfombra hay que saber hacer nudos. Seguramente yo sé tejer alfombras de nudos en algún remoto rincón de mi cerebro, ya que me pasaba las horas muertas mirando a los mayores trabajar. Luego se me olvidó, pero podría sentarme de una buena vez a recordarlo.
Amenazo con quedarme ante un fuego apropiado y pasar muchas noches tejiendo.
Tejiendo y contando historias.
O tejiendo una sola y larga historia con los colores más puros, los dibujos más laberínticos y las hebras más exóticas que hayas conocido.